FLUYENDO CON EL NACER Y RENACER DE LA NATURALEZA
Venimos del invierno, la estación en la que disponemos de menor cantidad de luz solar, las plantas entran en reposo invernal y algunos animales en hibernación. Un momento durante el cual la naturaleza nos da un mensaje claro: hay menor disponibilidad de energía, menos cosechas, más quietud. Luego, con la entrada de la primavera, durante el equinoccio de primavera, iniciamos un tiempo de renacimiento, vitalidad y fortaleza.
Para darnos cuenta de estos momentos, no hace falta ver el calendario. En casa, en el patio, las primeras flores me lo dejan saber, marcando el inicio de un ciclo de renacimiento, luz y vitalidad adornado por los colores de las orquídeas que se asoman después de nueve meses de no estar presentes. Afuera, los árboles empiezan a llenarse de flores.
Es un momento que lo marca la naturaleza, la vida, los pájaros y las ardillas haciendo sus nidos y las aves en su migración regresando a su lugar de origen. Y cuando prestamos atención, podemos verlo con claridad. Aún si estás en la ciudad, es fácil notar la diferencia en los frutos del mercado, el verde de las hojas en las plantas, la aparición de nuevas flores, los días que se van haciendo un poco más largos y el brillo del sol que se intensifica. Con un poco de atención, es fácil ver estos cambios externos. Sin embargo, no están ocurriendo solo afuera, se están manifestando en la naturaleza en su totalidad.
TU Y YO SOMOS LA NATURALEZA
Cuando pensamos en la naturaleza, es fácil que venga a nuestra mente la imagen de un árbol, la montaña o tal vez un lago. ¿Pero si nos preguntamos de qué estamos hechos nosotros mismos? ¿De qué está hecha la tierra? Los dos tenemos un alto contenido de oxígeno, el cual es la base del agua y la vida. La gran diferencia radica en la organización: la Tierra es principalmente inorgánica compuesta de silicatos y metales, mientras que nosotros los seres humanos estamos organizados en estructuras orgánicas complejas. Así, reconocer que estamos conectados con la naturaleza se hace muy fácil porque nos damos cuenta de que no estamos en la Tierra, somos la Tierra. Estamos interconectados biológica y energéticamente con ella.
La naturaleza está regida por ciclos y ritmos fundamentales que organizan la vida, el clima y los ecosistemas, incluyendo el ciclo circadiano, un proceso biológico que dura aproximadamente 24 horas y regula los cambios físicos, mentales y de comportamiento en respuesta a la luz y la oscuridad. También, las estaciones del año que son el resultado de la inclinación axial de la Tierra y su órbita alrededor del Sol. Cada año, la Tierra pasa por cuatro estaciones: primavera, verano, otoño e invierno. Estos patrones biológicos y ambientales regulan el sueño, la reproducción y el comportamiento de los seres vivos.
ENTRAR EN EL CICLO Y VIBRAR CON EL
Nuestro bienestar físico y mental, incluyendo la regulación del estrés y el sueño dependen de la interdependencia con el medio ambiente. Algunas personas se sienten decaídas cuando los días se acortan en el otoño y el invierno y reciben con alegría la primavera porque empiezan a sentirse mejor, cuando hay más horas de luz natural. Estos cambios considerables en el estado de ánimo y comportamiento cuando cambian las estaciones se relacionan con el trastorno afectivo estacional. En otros casos, las personas pueden presentar síntomas depresivos durante los meses de primavera y verano y se le conoce como trastorno afectivo estacional de patrón de verano, aunque es menos frecuente.
La ciencia ha demostrado que pasar tiempo rodeados de naturaleza, interactuar con la tierra, el aire, el agua, disfrutar el sol, los animales y la vegetación mejora las alteraciones del estado de ánimo. La naturaleza nos da la oportunidad de liberar la atención, sin tener que dirigirla a ningún estímulo concreto y esto ayuda a ampliar el campo de percepción y a preservar la energía. Así mismo, contemplar todos los días, por unos minutos, espacios verdes ayuda a mejorar la salud, aumentar la capacidad de concentración y disminuir el estrés.
AMPLIANDO EL CÍRCULO
A nivel sutil, somos esencia espiritual, almas encarnadas, viviendo experiencias terrestres. Somos la vida misma. O como diría Teilhard de Chardin: “somos seres espirituales viviendo una experiencia humana». Somos la Tierra y ella es parte del sistema Solar, que a su vez es parte de un sistema mayor, y este de otro. Y esto se repite innumerables veces, entonces también somos parte de un sistema mucho más grande de lo que alcanzamos a imaginar.
La biología nos ha enseñado la interacción entre los diferentes sistemas, la ecología, la interdependencia entre los seres y su medio ambiente y la astrología nos invita a reconocer que todo está conectado y que las vibraciones que ocurren fuera del planeta resuenan en nosotros.
La astrología nos anima a elevar nuestra mirada al cielo y comprender que estamos conectados con la inmensidad de la que somos testigos. Nos motiva a conectar con los ciclos y ritmos y a alinearnos con nuestra esencia más profunda para permitirnos sentir que somos parte de un todo mayor del que formamos parte. Y así, abrirnos a la maravillosa experiencia de reconocer que somos un microcosmos que resuena con el macrocosmos, en todo momento.
Olga Lucia Toro
Astróloga. Psicóloga y Periodista, U. Sabana.
Master In Mental Health, FAU.
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